¿Medianoche? si apenas son las siete media. La suerte me hace con el control del juego. Malditos refranes, tan viejos, tan pasados de moda y tan endiabladamente ciertos. Pongamos que es medianoche y abro la ventana echando a un lado las cortinas color azul. Dejemos a un lado los presupuestos, he abierto la ventana. ¿dónde están? ¿DÓNDE? ni rastro de ellas. Ni de siete, ni de seis, ni de cinco. No hay estrellas. Ni si quiera he encontrado la que siempre guía incluso a aquellos que más perdidos se encuentran. Tal vez sea que me halle en el extravío absoluto. Mi mano izquierda despoja a su hermana de mi propia alianza, pues su odio a la mentira hace que no permita esta farsa, por ello cierra el tiempo que detenido en la noche espera a caminar nuevamente. Dos letras tatuadas en el tiempo, resguardadas por la perfección anhelante y anhelada por mucho que la haya insistido en negar tachándola de tediosa.
Veo esmeralda en el porvenir. El tiempo seguirá su curso. Mi sonrisa acompañará, como siempre ha hecho, mi caminar. Y... mi alianza, que tatuaré en mi piel; pero que llevaré sobre ese eterno tatuaje me recordarán día a día mi juramente de compromiso, con quien al traicionarme su poder hiriente sobrepasa lo imaginable, y con quien queriéndome, hace de mi la mujer más radiante y feliz del Planeta Azul.

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